*CONOCINDO CLIENTES Y ACUMULANDO RECUERDOS
A sus 68 años, José Luis “Chepo” López Ulloa conserva una rutina que comenzó hace más de cuatro décadas: llegar al primer cuadro de la ciudad, ofrecer fruta de temporada y encontrarse, entre mangos y tunas, con rostros conocidos y visitantes de distintos lugares.
Desde hace 46 años, su vida transcurre entre el ir y venir de los transeúntes. Su jornada comienza alrededor de las 10 de la mañana, después de acudir al mercado de abasto para surtirse de la mercancía que ofrecerá durante el día, y termina cerca de las 8 de la noche.
Mangos, tunas y otras frutas de temporada ocupan buena parte de su espacio de trabajo. La mercancía cambia conforme avanza el año, al igual que el movimiento de las calles. Para “Chepo”, Navidad y Semana Santa suelen ser fechas favorables, cuando aumenta la presencia de visitantes en el primer cuadro.
Ahora reconoce que el comercio ya no tiene el mismo movimiento de antes y que las ventas se han vuelto más difíciles. Sin embargo, mantiene la esperanza de que lleguen mejores temporadas.
A lo largo de estos años, su actividad le ha permitido conocer personas de diferentes partes de México y también del extranjero.
Entre sus recuerdos aparecen visitantes de Estados Unidos, Brasil, Inglaterra, Japón y Turquía, quienes alguna vez se acercaron durante su recorrido por la ciudad para comprar un plato de fruta, mangos, tunas u otros productos.
Algunos regresaron y terminaron convirtiéndose en clientes habituales. Otros llegaron por recomendación. “Ya mucha gente me conoce”, dice José Luis, consciente de que la constancia también construye una reputación.
Esa relación con quienes pasan por ahí es una de las partes que más disfruta de su trabajo. Hay quienes se detienen a comprar, otros a saludar y algunos más que llegan buscando algo que les recomendaron.
Casi medio siglo de trabajo también significa haber sido testigo de acontecimientos que quedaron guardados en la memoria. Uno de los que José Luis recuerda con mayor claridad es un eclipse que le ha tocado presenciar en dos ocasiones, mientras se encontraba trabajando en su puesto. El fenómeno se convirtió en uno de esos momentos extraordinarios que rompen, aunque sea por unos minutos, con la rutina de una jornada cualquiera.
El resto de sus recuerdos está hecho de momentos más sencillos: las conversaciones con los clientes, los rostros que vuelven después de mucho tiempo y las situaciones inesperadas que aparecen en un día normal.
Con el paso de los años, su presencia se ha vuelto familiar para quienes recorren esta parte de la ciudad. No se trata solamente de un oficio que le ha permitido sostener a su familia, sino de una actividad que terminó por entrelazarse con la vida cotidiana del primer cuadro.
Mientras haya personas caminando por sus calles, “Chepo” espera continuar ahí, como lo ha hecho durante casi medio siglo: ofreciendo fruta, conversando con quien se acerca y sumando nuevas historias a las muchas que ya guarda detrás de su mostrador.






